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Dedicado con aprecio a los amigos con quienes tuve el honor de estar por un tiempo como guía en el Museo Nacional, especialmente a Catalina Ruiz, Liliana Sánchez, Margarita Ayala y Juan Gabriel Pineda.

 
Santafé, noches del 28 al 29 de junio de 2016. En conmemoración del Bicentenario de la Batalla de la Cuchilla del Tambo.

 
El cuadro que presento hoy tiene un significado especial para mí, no solamente por su contenido artístico, que es innegable, sino por su carácter testimonial para la historia del país. Además, me trae recuerdos personales muy queridos por mi estancia en el Museo Nacional como guía voluntario, que fue al mismo tiempo que hice mi monografía de grado acerca de los ejércitos independentistas… fue cuando me volví nariñista y cuando decidí conmemorar cada 9 de enero por la batalla de San Victorino y cada 29 de junio por la batalla de la Cuchilla del Tambo. En gran medida esto debo agradecérselo al artista y veterano de la Independencia Don José María Espinosa Prieto (1796-1883), quien en calidad de Alférez Abanderado acompañó a Don Antonio Nariño en todas sus campañas, combatiendo valientemente hasta 1816. De todo ello dejó un valioso testimonio, no solamente por escrito en unas agradables memorias publicadas en 1876, sino plasmado en unos lienzos que podemos ver en el Museo Nacional de Colombia.

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Monumento a José María Espinosa en Bogotá, al frente de la Universidad de los Andes.

 

 

Al mirar ese cuadro no puedo dejar de compararlo con los demás que él pintó de las Campañas del Sur libradas entre 1813 y 1816, en las cuales participó personalmente, y mucho más con aquellos que fueron elaborados por encargo y por fines más propagandísticos, la Batalla de Boyacá de 1819 -que merece un artículo aparte-, y la Batalla Naval de Maracaibo de 1823. Pero para efectos de esta publicación, hablaré solamente de los cuadros de la Campaña del Sur.

Batalla de Boyaca, 1840. Espinosa

Batalla de Boyacá por José María Espinosa. Año de 1840.

 

Accion del Castillo de Maracaibo, 1840. Espinosa

Batalla Naval de Maracaibo por José María Espinosa. Año de 1840.

 

 

En los cuadros de las Campañas del Sur las acciones militares están enmarcadas por los paisajes de la antigua gobernación de Popayán, en el suroccidente de la antigua Nueva Granada. Sin embargo, según los intereses del pintor hay diferencias entre ellas: el papel del paisaje en el relato pictórico es más evidente en las acciones de Alto Palacé, Juanambú, Santa Lucía y El Palo. Por medio de ellos podemos ver las condiciones geográficas en las cuales se desarrollaron las campañas entre los ejércitos independentistas y las huestes realistas.

Batalla del Alto Palace, 1845-1860. Espinosa

Batalla del Alto Palacé por José María Espinosa. Pintado entre 1845 y 1860.

Por ejemplo, en la Batalla del Alto Palacé, podemos ver los alrededores de Popayán, la principal ciudad de la región, la cual sufrió varias ocupaciones entre 1811 y 1816 por los ejércitos en contienda. Hay que recordar que por su importancia económica y política, era de vital importancia la posesión de dicha ciudad, y sus élites se vieron en medio de dos fuegos y dos bandos.

 

Batalla de Juanambu, 1845-1860. Espinosa

Batalla de Juanambú por José María Espinosa. Pintado entre 1845 y 1860.

En Juanambú, en cambio, observamos la difícil geografía en el Valle del Patía, en camino hacia Pasto. Ella constituyó un obstáculo tan formidable de superar, así como lo fue la férrea resistencia de los patianos y los pastusos, quienes formaron guerrillas leales al Rey de España.

 

Accion del Llano de Santa Lucia, 1845-1860. Espinosa

Acción del llano de Santa Lucía por José María Espinosa. Pintado entre 1845 y 1860.

La acción de Santa Lucía nos muestra no solamente el paisaje, sino las condiciones en que se tuvo que hacer la retirada del ejército independentista luego de la derrota de Nariño en 1814, así como las condiciones de la guerra de guerrillas existente entonces hasta la ofensiva realista definitiva.

 

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Batalla del Palo por José María Espinosa. Pintado entre 1845 y 1860.

Por su parte, en El Palo nos encontramos con una extensa panorámica del Valle del Cauca. Esta área se constituyó en la retaguardia de los independentistas hasta 1816.

 
En Calibío, Tacines y los Ejidos de Pasto el personaje principal de los cuadros es Don Antonio Nariño, como comandante de los ejércitos patriotas del Sur en la campaña de 1813 y 1814.

Batalla de Calibio, 1845-1860. Espinosa

Batalla de Calibío por José María Espinosa. Pintado entre 1845 y 1860.

Calibío busca mostrar las capacidades de mando de Nariño, así como presentar a los otros oficiales que estuvieron con él en la campaña del Sur. Él aparece vestido con sobretodo marrón, y está en el centro del cuadro, siendo el primero de izquierda a derecha; está acompañado del General español Don José Ramón de Leiva, antiguo funcionario del gobierno español que abrazó fervientemente la causa de la Independencia; y a la derecha se encuentra Don José María Cabal, uno de los principales próceres vallecaucanos; al fondo, a la izquierda, en un caballo, se encuentra el hijo de Nariño, el Coronel Don Antonio Nariño Ortega, que comandaba la caballería. De hecho, este cuadro es el único de esta serie donde se han numerado a los personajes para su identificación.

 

Batalla de Tacines, 1845-1860. Espinosa

Batalla de Tacines por José María Espinosa. Pintado entre 1845 y 1860.

Tacines testimonia el valor de Nariño en lo más duro de la campaña. Por eso aparece, no en primer plano como en Calibío, sino más al fondo, dirigiendo a sus soldados en medio del fuego enemigo, mientras alrededor el fragor de la guerra se muestra en toda su intensidad.

 

Batalla de los ejidos de Pasto, 1845-1860. Espinosa

Batalla de los ejidos de Pasto por José María Espinosa. Pintado entre 1845 y 1860.

Finalmente, en los Ejidos de Pasto vemos a Nariño enfrentando solo, con gran temple, la adversidad y la derrota. Incluso su imagen está más al fondo que en el cuadro de Tacines, más lejana del observador, lo que en cierta manera podría interpretarse como el sino trágico de Nariño, tema en el cual el discurso histórico y patriótico de antaño -y en uno que otro discurso de hoy día- encontró uno de sus apoyos fundamentales para la construcción de una identidad nacional.

***

Batalla de la Cuchilla del Tambo, 1845-1860. Espinosa

Batalla de la Cuchilla del Tambo por José María Espinosa. Pintado entre 1845 y 1860.

En contraste con las anteriores obras, en el cuadro sobre la Cuchilla del Tambo, el “abanderado del arte y de la patria” buscó representar el desenlace de aquella acción de armas librada el 29 de junio de 1816 a las afueras de Popayán, entre 2000 soldados del ejército realista comandado por el Brigadier Don Juan Sámano, y poco más de 700 veteranos del antiguo ejército de Nariño, los cuales obedecían las órdenes del Coronel Don Liborio Mejía. En él podemos ver cómo una columna de soldados realistas envuelve con un fuego violento a las tropas independentistas, las cuales estaban realizando un asalto desesperado y sangriento a los atrincheramientos ubicados en la parte más alta de la montaña. El abanderado lo narra de esta manera:

“Ya no era posible obrar en concierto: cada cual hacía lo que podía, y nos batíamos desesperadamente, pero era imposible rehacerse, ni aun resistir al torrente de enemigos que, saliendo de sus parapetos, nos rodeadon y estrecharon hasta tener que rendirnos. Sucumbimos, pero con gloria” (“Memorias de un Abanderado”, Cp. XVII)

 
En este cuadro no es el paisaje, ni son los jefes -que aparecen en un primer plano en una actitud aparentemente pasiva-, lo que más llama la atención. Es la batalla misma, su intensidad, su violencia, a lo que Espinosa le puso más énfasis, lo cual ya podía evidenciarse en el dibujo con tinta china que había hecho años antes. De esa manera le hacía un homenaje al valor y al sacrificio de sus compañeros.

Cuchilla del Tambo, 1845. Espinosa

Batalla de la Cuchilla del Tambo por José María Espinosa. Dibujo en tinta china hecho en 1845.

 
No obstante, no fue solamente por medio de los cuadros acerca de la batalla como Espinosa quiso hacer un homenaje a la causa que abrazó en su juventud, así como a sus compañeros de armas. Un testimonio más vivo de aquellos años es su dibujo donde representa uno de los varios momentos en que fue amanezado de muerte por las huestes realistas. Se trata de “La Quintada”, que varios años después fue dibujada con mayor detalle para el álbum de Don José María Quijano Otero:

Jose Maria Espinosa Prieto en los calabozos de Popayan, 1816. Espinosa

“José María Espinosa Prieto en los calabozos de Popayan cuando fue quintado para ser fusilado el año de 1816. Cuadro pintado por él mismo en el calabozo”.

 

La quintada, 1869. Espinosa

“La Quintada” de José María Espinosa. Acuarela pintada en 1869.

 
De esa manera buscaba darle una modesta, pero importantísima lección a las futuras generaciones, tal y como expresó después en las últimas páginas de sus memorias:

“Hoy no se disfruta ya de ese placer puro, de ese regocijo que inspiraban aquellos primeros triunfos; los que no fueron testigos de ellos no pueden formarse una idea de esa especie de vértigo, de ese entusiasmo que rayaba en delirio. La generacion presente lee con fria indiferencia, si es que la lee, aquella historia, digna de los tiempos heróicos, y no se penetra de los inmensos, de los indecibles y dolorosos sacrificios que ha costado á sus mayores el fundar esta Patria que ella ve hoy como cosa de juego y pasatiempo, como cuentos de nodrizas. Si esta generacion indiferente y ligera leyese esa historia con ojos filosóficos y con juicio y reflexion, tal vez no estariamos viendo el seno de la Patria despedazado por guerras intestinas, á que da origen una legion de vulgares pasiones, ó de imaginarias y estériles teorías que pretenden plantearse sin estudiar las condiciones especiales de nuestro pais” (“Memorias de un Abanderado”, Cp. XXXIII).

***

2 y 3 de julio de 2016

 

Por medio de la relación de este cuadro, uno de los que más me han impresionado de lo poco y nada que he visto de arte, quiero hablar de la conmemoración del bicentenario de la restauración monárquica. Tradicionalmente a este periodo se le ha llamado “Reconquista Española” y “Régimen del Terror”. La Historia Patria la ha descrito como un periodo oscuro lleno de personajes sanguinarios, vengativos y rapaces -así son descritos Pablo Morillo y Juan Sámano-, que finalmente fueron castigados por los libertadores, empezando por Bolívar, seguido de Santander y todos los demás.

 
Lo paradójico del asunto es que ese discurso todavía se reproduce, así el contexto sea diferente:

“(…) los mártires. ¿Quiénes eran? Pues unos colombianos, mejor dicho, ‘neogranadinos’, como se llamaban en ese entonces (…) Eran patriotas y querían un país libre e independiente, pues rechazaban ser mandados y explotados por un rey que vivía en un país lejano (…”

“(…) el rey envió un jefe militar para aplastar la rebelión y liquidar así la nueva República (…) Se trataba de Pablo Morillo, quien aunque se hiciera llamar ‘El Pacificador’, obraba como un hombre cruel y despiadado. Ordenó a sus tropas matar a miles de neogranadinos e hizo fusilar a todos los líderes que habían encabezado la insurrección contra la Corona española. Fueron fusilados cientos de hombres patriotas que luchaban por la Independencia (…)”

 
Estas líneas aparecen en un libro publicado en los tiempos de la “Bogotá Humana” llamado “Bogotá, ciudad memoria”, y podrían parecer extraídas de cualquier manual de historia patria de los viejos tiempos. ¿Se puede hoy hablar de algo tan complejo de una manera tan simple?

 
Pareciera que dentro del discurso que se ha venido creando acerca de la Independencia en este segundo centenario, el periodo entre 1816 y 1819 no fuera de interés por sí mismo. De las preguntas que fueron escogidas para producir los capítulos del Profesor Súper O Histórico, ninguna se refería abiertamente a por qué los españoles gastaron tanto tiempo, recursos y hombres en tratar de retener estos territorios bajo su control. Apenas se hizo mención de este periodo en los episodios acerca de “la Patria Boba”, donde se muestra la entrada de las tropas de Morillo a Santafé; de por qué “la Pola” aparece en un billete, donde se termina con su fusilamiento; y acerca de los juegos existentes en los tiempos de la Independencia, donde se escenifican las fiestas realizadas durante la posesión de Don Juan Sámano como virrey de la Nueva Granada.

 

 

 
Afortunadamente, dentro de los círculos académicos se han realizado algunos eventos que han puesto el problema sobre la mesa. El año pasado se hizo uno en la Universidad Nacional, y en esta semana, coincidiendo con el bicentenario de la Batalla de la Cuchilla del Tambo, se realizó otro en el Archivo General de la Nación, ambos con la presencia de historiadores colombianos y extranjeros. De esos eventos se pueden extraer las siguientes observaciones:

 

1. Hay un problema de carácter conceptual. Se trata de si es pertinente seguir hablando de una “reconquista”, limitada solamente a hablar de lo sucedido en la Nueva Granada, desconociendo lo acontecido en Chile y en Venezuela, y sin tener tampoco en cuenta los bastiones monárquicos en Nueva España, Cuba, Puerto Rico, Quito y Perú. Además, ¿cómo separar lo sucedido en América de lo que ocurría en Europa entre 1814 y 1815, con la derrota de la Francia Napoleónica y la restauración de las familias reales en sus tronos? Así que, ¿no sería más conveniente hablar de un intento de restauración monárquica?

 

Por otro lado, ¿se puede pensar de manera anacrónica en este periodo, bajo el supuesto de que era justo y/o inevitable la emancipación de España, cuando la historiografía ya ha rebatido esa idea de inevitabilidad?

 
2. Derivado de este problema se encuentra uno más interesante: la revisión de la naturaleza misma de la restauración monárquica, para identificar y comprender mejor los episodios en los cuales se ha enfocado la historia tradicional, y hacer el panorama mucho más amplio. ¿Podemos seguirnos limitando a hablar de los fusilados y los purificados? ¿Qué pasó con aquellos que en verdad estaban convencidos de que lo mejor era seguir siendo súbditos de España? Si bien la presencia militar no se puede negar, ¿acaso no se utilizaron otros mecanismos para favorecer la restauración monárquica, algunos tradicionales y otros más bien modernos? ¿Cómo fue el proceso de restauración monárquica en las provincias de la Nueva Granada, para superar la imagen del asedio de Cartagena y los fusilamientos en Santafé?

 

 

3. Por otra parte, hay que hacer una revisión acerca de los personajes que encabezaron la restauración. Partamos del hecho de que si en Colombia y Venezuela Morillo es visto como un tirano, en España es descrito como un héroe nacional. Además, hubo peninsulares y americanos de los que se conoce poco, como el cubano Francisco de Montalvo, que fue virrey de la Nueva Granada antes que Sámano. ¿Qué decir de los demás? ¿Seguiremos reproduciendo la idea de que todos ellos eran sanguinarios y avaros, sin tener en cuenta que buena parte de ese discurso partió de la propaganda independentista posterior a la Batalla de Boyacá, y que se reprodujo después en los primeros escritos de historia nacional? Se trata, simplemente de ser riguroso con el estudio de los personajes y de sus contextos.

 

 

4. ¿Cómo poder conjugar el estudio de este periodo dentro del actual contexto sin caer en anacronismos como el planteado en el libro “Bogotá, ciudad memoria”? Si ya la Independencia misma se ha constituido en un problema a la hora de ubicarla dentro de la “historia de la violencia en Colombia”, ¿cómo se podrá enmarcar un periodo como el de 1816-1819 dentro del nuevo discurso acerca de la paz? ¿Se tomará este periodo como un nuevo argumento para la victimización de América, así como se hecho con la invasión y conquista del siglo XVI y con las agresiones imperialistas de los últimos años?

 

 
Nuevamente, se trata de preguntas abiertas a muchos debate y a varias interpretaciones. Lo único importante es fomentar una vez más el diálogo con base en argumentos bien construidos; y para ello es necesario investigar y reflexionar mucho.

“La fila en el servicio de salud”

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Santafé, 29 de febrero de 2016
Para el último día de febrero en este año bisiesto, quiero compartir con ustedes algo que escribí el lunes pasado, mientras acompañaba a mi mamá a una cita médica y hacía una fila desde las 11 de la mañana hasta casi las 4 de la tarde, para dejar radicada una autorización.
¿Qué puede hacer uno cuando no hay donde sentarse, sin radio de transistores y sin comodidad para leer, y cuando felizmente se tiene una vieja flecha por celular? Creo que si hubiera tenido uno de esos nuevos smartphones, no habría aprovechado la oportunidad ni la inspiración para escribir los versos que ahora comparto con ustedes, para que se diviertan un rato.

1
Las personas nos sometemos
durante nuestra corta vida
a pasar mucho tiempo en filas.
¡Qué idea tan suicida!

Sin embargo, las hacemos
buscando algún beneficio.
Sea el propio, sea el ajeno,
justificamos el sacrificio.

Muchas virtudes se cultivan
haciendo una larga fila:
paciencia, tolerancia y respeto,
para vivir una vida tranquila.

Pero también se desarrollan
algunos defectos feos:
la arrogancia, la malicia,
y la rabia, según veo.

Toda fila la creemos urgente,
pero hay filas de filas.
Algunas son riesgo de muerte,
y en esas hay que “estar pilas”.

Dentro de ellas la más dura,
es la del servicio de salud.
Por los trámites pedidos,
de personas se forma alud.

Van enfermos y van sanos,
por muchas autorizaciones;
van jóvenes, niños y ancianos,
se oyen risas, lamentos y maldiciones.

En esas filas de verdad,
se es paciente dos veces.
La una es por la salud,
y la otra por la virtud que crece.

2
En dicha fila va pasando
por dos veces la vida:
la individual se va volando;
la colectiva es compartida.

Porque cuando uno está solo
preferiría estar en otra parte.
El tiempo pasa tan lento
que llegas a desesperarte.

Pero cuando se habla con otros,
de la experiencia compartida,
aunque el tiempo se hace más corto,
la experiencia es bendecida.

Vuelan historias personales,
así como chismes y noticias,
y las buenas conversaciones
hacen miles de delicias.

Aunque también se presenta
uno que otro altercado,
y la causa común de ello,
siempre es un colado.

En ese caso las personas,
gritan, alegan, se alborotan,
pero son agitaciones breves,
pues luego las risas brotan.

Pero lo común en esta fila,
es que es muy breve la alegría.
Está más presente la preocupación,
así como la melancolía.

Porque cuando de la salud se trata,
se mezclan mil emociones,
y al pobre Dios le toca,
oír rezos, quejas y bendiciones.

Pues en estos casos la Muerte
siempre extiende su sombra.
Sabemos que está presente,
pero preferiblemente no se nombra.

3
Aquí he hablado mucho
de las personas que hacen la fila.
¿Qué puedo decir ahora
del funcionario en su silla?

Como víctima o como verdugo
simultáneamente es visto,
y eso es por el poder
del que se haya provisto.

Cuando recibe mil injurias,
de todo él es el culpable,
y se ve como al más odioso,
aunque, eso sí, invulnerable.

Pero cuando es bendecido,
se ve como un bienhechor,
como un ser todopoderoso,
noble y digno de amor.

Pero el funcionario simplemente,
es solo una persona más.
Nos lo encontraremos en una fila,
bien sea adelante o atrás.

Muchas veces no es su culpa,
por más que quiera ayudarnos.
Lo que pasa es que hay normas absurdas,
y de esas hay que quejarnos.

Porque la fila es la forma
más visible del poder:
de aquellos que nos la mandan,
y nosotros a obedecer.

Incluso cuando no la mandan,
nosotros dócilmente la hacemos,
porque la creemos necesaria,
así todos nos quejemos.

4
¿Qué tan necesaria es la fila
como una institución social?
¿Es parte de nuestra naturaleza
o es algo artificial?

¡Cuántas veces he deseado
no hacer más filas en mi vida!
Pero como eso no es posible,
¡me divertiré al final, en la salida!

Nota editorial: Este artículo lo escribí ayer en horas de la tarde. Sin embargo, debido al aguacero que cayó y el consiguiente apagón que se presentó en mi casa, no lo pude revisar ni publicar, así que por eso lo publico hoy, como primera entrada del año 2016.

Santafé, 25 de enero de 2015

 

Ayer en el centro de Bogotá, así como en otras ciudades del país, se llevó a cabo una marcha convocada por medio de las redes sociales, por cuenta de algunos movimientos, individuos y sindicatos, para protestar, entre otras cosas, por el aumento de los impuestos –entre ellos el IVA-, por lo poco que subió el salario mínimo y por la venta de Isagén. Yo no pude ir, y la verdad no vi gran cubrimiento de dicha marcha, con excepción de lo dicho en City TV al medio día, donde manifestaron que había sido una actividad pacífica. Sin embargo, una amiga mía me dejó esta breve impresión:

 

En cuanto al “evento” pues yo no entendí muy bien….. Lo que yo vi no me gustó, había mucho desorden, todos decían sus arengas al tiempo y a la final, no se entendía cual era el meollo de la marcha. Eso fue lo que yo vi, de pronto por la tarde fue mejor.

 

Otros, en cambio, fueron más optimistas con respecto a los resultados de ayer, porque están esperando que sea el inicio de un movimiento de más largo aliento frente a los actos que ha hecho el gobierno en estas últimas semanas, sin contar que estamos en la recta final de las negociaciones de paz y si bien hay muchas voces a favor, también hay demasiadas en contra y el ambiente político se ha visto enrarecido escándalo tras escándalo.

 

En fin, para no alargarme demasiado, lo que quiero contar es que a pesar de no haber asistido ayer a la marcha, sí me quedé con la curiosidad de encontrar, si era posible, algo que pudiera darme idea de qué fue lo que sucedió ayer.

 

Esta mañana estuve en la Plaza de Bolívar y lo único que pude encontrar fue algunos mensajes garrapateados con aerosoles en el pedestal del Libertador, en una de las paredes de la entrada del Palacio de Justicia y en una del Capitolio. Y en el suelo, ya sucias y rotas, cuatro pliegos de papel periódico con un mensaje, y muchas calcomanías con mensajes escritos con marcador. Como soy una persona que no anda con smartphones de última tecnología, no pude tomarle fotos a los mensajes… así que hice algo más divertido: los copié en unas hojas, así que pude leerlos detenidamente y hasta reflexionar un poco sobre ellos.

 

Aquí están mis transcripciones literales de los mensajes que encontré en la Plaza de Bolívar en la soleada y hermosa mañana de hoy, los cuales, como buen historiador, pude tomar, se hicieron respetando los errores de ortografía y de puntuación.

 

-Los cuatro pliegos de papel periódico decían lo siguiente:

Pliego 1

Pongamos en marcha la fuerza y la inteligencia de los pueblos para luchar de modo NO VIOLENTO por una Democracia Real, por justa distribución de la RIQUEZA

Pliego 2

Por el respeto verdadero a todos los derechos HUMANOS. Estas son causas dignas que si se acompañan con la mística social de la No-Violencia nos llevaran al cambio cultural que necesita el mundo para que no

Pliego 3

solamente se logren las transformaciones concretas en el campo político, social y (roto) económico, sino que por (roto) sobre todo, el Ser Humano fortalezca su espíritu y se reencuentre con un futuro abierto y sin límites.

Pliego 4

NO BASTA CON EXIGIR A LOS AMOS DE MUNDO QUE SE RESPETEN LOS DERECHOS DE LAS POBLACIONES, HAY QUE DESMANTELAR ESE PODER QUE LOS CONVIERTE EN AMOS.

 

-Los grafitis que encontré y que aún se pueden leer son estos:

“LA DIGNIDAD NO SE VENDE!!!!!” (Pedestal de la estatua del Libertador)

“Les falta vender a sus madres gobernantes de mierda!!!” (Pedestal de la estatua del Libertador)

“Somos el sueño de Bolívar” (Pared del Palacio de Justicia)

“Sin pan para el pobre no hay paz para el rico” (Pared del Palacio de Justicia)

“No + Santos” (Pared del Capitolio)

“Fuera Santos!!!” (Pared del Capitolio)

“Ley =/= Justicia” Léase: “Ley no es igual a justicia” (Pared del Capitolio)

“Viva la alianza obrero-campesina” (Pared del Capitolio)

 

-Finalmente, he aquí las calcomanías que pegaron en la base del monumento del Libertador, y que estaban escritas con marcador:

“El HP Peñaloza le subio al trasmi”

 “Uribe pudrase lejos de aqui paraco maldito”

 “Uribe… paraco maldito / El pueblo no olvida tus crimenes”

 “Peñalosa enemigo del SUR”

 “Peñaloza un bolardo”

 “Peñaloza… a robar”

 “Uribe paraco maldito”

 “Peñaloza llego a robar…”

 “Peñaloza… otra vez el cartel de la corrupción”

 “Peñaloza respete a Canal Capital HP”

 “Uribe Nazi maldito / Paraco inmundo”

 “Ivan Cepeda / Jorge Robledo / Piedad Cordoba / UNIDOS”

 “Petro Presidente!”

 “Uribe el pueblo nunca olvidara sus matansas”

 “Queremos Colombia Humana!”

 “Peñaloza… llego a robarse a Bogota”

 “Un expresidente paraco / Un alcalde oportunista / Un presidente vende patria / Un pueblo callado / Unas multinacionales explotandonos / Pero nos mamamos!”

 “Ordoñez rata maldita”

 “No mas muertos por el Estado / La protesta es un derecho”

 “Peñalosa / Bogota solo el Norte”

 “Santos vende patria / Nadie le cree”

 “Peñalosa odia el Sur”

 “Peñaloza Bogota te vigila”

 “Paz sin justicia social nunca se dara”

 “Ordoñez excremental / hagamos firmas para echarlo al maldito (roto)”

 “Peñaloza… el bolardo corrupto!”

 “Petro Presidente / O en pocos años nuestros hijos trabajaran por lavasa y 18 horas diarias / Petro o nadie”

 “O se une la izquierda o seguimos comiendo mierda”

 

***

 

La verdad, luego de leer y copiar todos esos mensajes, lo único que me quedó fue una triste sensación… la de que una parte de nuestra cultura política –no sé en este momento qué tanta- es muy pobre en cuanto a formulación de propuestas, profundidad de análisis, planteamiento ideológico y búsqueda de diálogo. Se nota que aún está basada en la simple identificación de sujetos, tanto los supuestos responsables de todos los problemas del país –el presidente Santos, el expresidente Uribe, el alcalde Peñalosa y el procurador Ordóñez-, así como de los pretendidos salvadores del mismo –Petro, Piedad Córdoba e Iván Cepeda-. Y es lamentable, muy lamentable, que estos mismos que dicen que los demás son “malditos” en el mejor de los casos, o “excrementales” en el peor, sean los que estén promoviendo la paz y la reconciliación en la República. Se nota que hay espíritu de revancha del otro lado… ¿estamos haciendo algo para evitarlo? Y me incluyo porque la verdad no sé si estoy haciendo lo suficiente, o si estoy haciendo algo…

 

La pobreza ideológica se manifiesta, por ejemplo, en que si se afirma que sin pan para el pobre no hay paz para el rico, entonces se está justificando una política de “pan y circo” como la que había en los tiempos del poeta romano Juvenal; ¿y dónde quedarían los demás derechos? ¿Acaso se trata simplemente de admitir que con el estómago lleno la libertad no importa? Al menos los que reivindican la “alianza obrero-campesina” están recordando lo propuesto por los marxistas-leninistas-maoístas de la Unión Obrera de Colombia, y que he tenido la oportunidad de leer en su manifiesto acerca de cómo hacer la revolución en Colombia, una rareza bibliográfica que va en su cuarta edición.

 

Por otra parte, de todo lo que copié, lo único que fue interesante leer fue lo escrito en los cuatro pliegos de papel periódico. Al menos hablan de “pueblos”, no de “pueblo”, hablan de “democracia real”, y proponen la vía de la no violencia, como Gandhi y Luther King para desmontar “el poder de los amos”, lo que recuerda, también, lo que decía el escritor francés Étienne de la Boétie en los tiempos de Montaigne. Hubiera sido interesante preguntarles cómo entienden esos conceptos… ¿por qué hablar de “pueblos” y no de “pueblo”? ¿Qué entienden por “democracia real”, y cómo se imaginan que debe funcionar? Es una lástima que todos esos mensajes hayan sido anónimos… pero al menos fueron plasmados para que algunos tuvieran la oportunidad de leerlos…

 

Mientras sigo reflexionando acerca de esta parte de nuestra “cultura política”, mientras empiezo mis clases sobre esos temas, como siempre, ahí les dejo a ustedes la inquietud.

Santafé, 30 de diciembre de 2015

La verdad es la primera vez que hago este ejercicio, a pesar de que algunos de mis escritos están fechados en días en los que se conmemora alguna cosa. Pero creo que puede ser interesante hacerlo para recordar, una vez más, que el poder de Cronos es inmenso y que nosotros, simples mortales, no somos gran cosa frente a él.

Esto deberían saberlo mejor que nadie historiadores, arqueólogos, paleontólogos y todos los que terminan estudiando asuntos del pasado… como quien escribe… Llega un momento en que uno se da cuenta de que han pasado muchos años con respecto a algunos sucesos que la Humanidad -o una parte de ella en un continente o país, o incluso para algunos grupos culturales en particular- ha decidido que valen la pena ser recordados, por ser grandes hitos en la construcción de un mundo mejor, o por ser enormes tragedias que, en la medida de lo posible, deberían servir de ejemplo para evitar cometer muchas más estupideces.

Y en cuanto a conmemoraciones, creo que el 2015 ha estado lleno de ellas… de grandes avances, grandes tragedias, y de grandes expectativas con respecto a lo que la Humanidad esperaba para este año… pero como lo dijo el Doc Emmet Brown, el futuro aún no ha sido escrito:

De modo que ya se va el 2015, y muchas de las cosas que se esperaban sucedieron a medias, otras no pasaron, y algunas más van a terminar volviéndose pasado…

Pero estoy a punto de entrar en largas, enredadas y hasta melancólicas reflexiones sobre el pasado, el presente y el futuro, cuando puede ser más útil hacer un breve recuento de todas las conmemoraciones históricas y futurísticas que rodearon a este simpático año.

Dentro de la historia general de la Humanidad, se conmemoraron las siguientes cosas:

1. Los ochocientos años de la promulgación de la Carta Magna en Inglaterra, considerada como uno de los primeros fundamentos jurídicos y políticos de lo que nosotros conocemos ahora como el “Estado de Derecho”. Claro está, una cosa fue un acuerdo entre los barones y el rey Juan I de Inglaterra en el siglo XIII, y los sistemas democráticos que tenemos hoy en el mundo occidental. Pero de paso en paso es que uno va avanzando, ¿o no?

2. Los doscientos años de la derrota de Napoleón Bonaparte por el duque de Wellington y el mariscal Blücher en los campos de Waterloo. El golpe de gracia a la Europa Napoleónica y la consagración temporal de la “Restauración” en Europa. Recordemos esta batalla con algo de rock e imágenes de un peliculón de los años 70…

3. Los doscientos años del nacimiento de San Juan Bosco, sacerdote y educador italiano, fundador de la comunidad religiosa de los Padres Salesianos.

4. Los doscientos años de la redacción de las “Cartas de Jamaica” de Simón Bolívar. Para algunos una visión profética acerca de la América Española; pero también puede interpretarse como simplemente algo coyuntural, solamente la opinión de una persona sobre un momento en particular, así como unos cuantos pronósticos acerca de lo que podría suceder.

También hace doscientos años fue fusilado uno de los líderes de la independencia mexicana, el sacerdote y militar José María Morelos.

5. Los cien años de la formulación de la teoría de la relatividad por Albert Einstein. Uno de los fundamentos de la física contemporánea.

6. Los recuerdos de hace setenta años, todos alrededor de la II Guerra Mundial:
-La liberación del campo de concentración y exterminio de Auschwitz-Birkenau por parte del ejército soviético. Recuerden que esa fue la fábrica de muerte más grande creada por los nazis, aunque no la única.
-El suicidio de Adolfo Hitler y la ejecución de Benito Mussolini.
-La derrota de la Alemania Nazi, que capituló ante los Aliados Occidentales el 7 de mayo y ante los ejércitos soviéticos el 8 de mayo respectivamente.
-Las conferencias de Yalta y de Postdam, que fueron muestras de la configuración del Mundo Bipolar.
-El estallido de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki en agosto… sin comentarios… y seguida de ella, la rendición de Japón y el fin de la guerra.
-La creación de la Organización de las Naciones Unidas. Aquí no dijeron gran cosa en la prensa… y hasta ahora me entero de que el objetivo de la conmemoración era pintar al mundo de azul.

He aquí un par de estampas acerca de lo que se acabó hace 70 años… y del horror que no debería haberse repetido a menor escala -lo que no ha sucedido-.

De la guerra en Europa…

Y de la bomba atómica…

Eso fue con respecto a la historia de la Humanidad. Con respecto a nuestra historia nacional, también tenemos algunas conmemoraciones:

1. Los doscientos cincuenta años del nacimiento de Don Antonio Nariño y Álvarez, uno de los hombres más notables de su tiempo, y una de las figuras más importantes de la historia del país. Le han rendido homenaje a su vida como hombre de letras, especialmente dentro de las actividades impulsadas por la Biblioteca Nacional.

2. Los doscientos años de la Batalla del Río Palo, una de las últimas hazañas del ejército del Sur, donde cierto abanderado un poco entonado por el aguardiente adquirió reputación de valiente. Años después ese mismo abanderado plasmó en un óleo sus recuerdos de esa acción…
Batalla_del_Río_Palo

3. Los doscientos años del asedio y posterior caída de la Plaza de cartagena ante los ejércitos expedicionarios de Don Pablo Morillo. Mientras en el Sur se hacía resistencia y se luchaba por la Independencia, en el Norte las cosas empezaban a flaquear; pronto los ejércitos expedicionarios de españoles y americanos fieles al rey ocuparían la antigua Nueva Granada.

4. Los treinta años de la toma y de la retoma del Palacio de Justicia. Uno de los episodios más trágicos de la historia reciente del país, del que siguen sin resolverse muchos misterios. ¿Para qué seguir dando lata con todo lo que se ha escrito y con todo lo que ha salido en los noticieros acerca del perdón pedido por el gobierno, por los desaparecidos y por los asuntos del coronel Plazas Vega?

5. Los treinta años de la tragedia de Armero, que ocurrió una semana después de lo sucedido en el Palacio de Justicia. Aquí también hay suficientes preguntas y muy pocas respuestas, mientras los sucesos se hacen cada vez más lejanos… como lo de los niños desaparecidos y el “Libro Rojo” del Bienestar Familiar.

Finalmente, están las dos predicciones de la cultura mediática que deberían “cumplirse” este año:

1. La de la famosa trilogía de “Volver al Futuro”. En la segunda parte Marty McFly llegaba al 21 de octubre de 2015 desde el “lejano” 1985. ¿Qué se ha cumplido de lo que se esperaba entonces?

2. La de la famosa serie de anime “Neon Genesis Evangelion”, que en 1995 asumía que en el 2015 la Humanidad estaría amenazada por los “ángeles”, y sería salvada por unos gigantescos robots. Bueno, los “ángeles” no llegaron del cielo, ni tampoco son los de Victoria Secret; solamente unos cuantos mortales que se creyeron “mensajeros de la muerte” han estado matando en nombre de Dios… no solamente los del Estado Islámico, sino los que entablan cruzadas en nombre de unos valores que más fundamentos para la convivencia de los seres humanos, parecen dogmas de nuevas religiones.

 

***

Ahora que he hecho este ejercicio, encuentro que lo triste del asunto es que las conmemoraciones tienen cierto valor por un tiempo… y después para mucha gente eso no vale ni un carajo… o puede que lo que en verdad suceda es que la Humanidad en general deja el pasado atrás, de modo que puede suceder que lo que ocurrió hace mil, ochocientos, quinientos, doscientos años, ya no importa, porque simplemente no se establecen las conexiones entre tales cosas y lo que vivimos hoy. Y eso, al parecer, resulta inevitable en nuestro devenir histórico… a lo mejor hasta por eso solamente a muy pocos les dolerá lo que hace el Estado Islámico con los restos que han dejado pueblos antiquísimos como los asirios, mientras que les dolerán más los refugiados que salen de Siria y los asesinatos ocurridos en París este año… pero Cronos, de manera inflexible, también hará que esos sucesos sean cada vez menos importantes, cayendo en el olvido de muchos.

En fin… sigamos avanzando, que este año ya se acabó y nuevas cosas van a presentarse.

Así que cuídense mucho. Confío en que el 2016 les traerá muchas cosas buenas para ustedes y para todas las personas que quieren.

Como siempre, me suscribo como su atento amigo y seguro servidor,
“El Neogranadino”.

 

Nota editorial: esta reflexión la escribí ayer, pero no alcancé a publicarla. Ahora la someto a la opinión de ustedes.

Santafé, 21 de noviembre de 2015, año 113 de la firma del Tratado del Wisconsin

Apreciados amigos,

Hoy escribo desde mi triple posición de ciudadano, historiador y docente.

Ya van tres años de negociaciones entre las FARC y creo que las opiniones han oscilado entre el entusiasmo de algunos, el alarmismo de otros, el escepticismo de unos cuantos más y… no sé si la indiferencia de muchos… ya algo así había pensado hacía algunos meses, pero ahora me surge otro conjunto de problemas que, la verdad, no sé si los colombianos como sociedad estamos preparados para resolver.

Como ciudadano creo que aún no estamos listos para aceptar los acuerdos de paz que se firmen con las FARC, sin contar con que falta negociar la paz con el ELN y que los acuerdos firmados y que deben ser refrendados no resolverán la presencia de actores como la delincuencia común, los grupos de narcotraficantes y las bandas criminales herederas de los antiguos grupos paramilitares (y existe la posibilidad de que puedan surgir grupos criminales formados por desmovilizados de la guerrilla). Las opiniones que he podido leer en algunos foros de internet, columnas de opinión,  así como escuchar en las calles o en los salones de clase, no son precisamente muy halagüeñas. Se trata de voces inconformes que se pueden resumir en esa frase típicamente colombiana de que es mejor ser malo que bueno, porque así es como uno puede obtener algo mejor. Es como si se creyera que la justicia operara de manera indulgente con los violentos, los corruptos, los ricos y aquellos con poder, mientras que para “los de ruana” -léase las personas de a pie- es severa, inflexible, hasta absurda y, en algunos casos, cruel.

Pero no es solo eso. Todavía hay personas que prefieren la mano dura de los tiempos de Álvaro Uribe Vélez, y consideran que es desde una posición de fuerza que se tiene que obligar a los subversivos a firmar, no la paz, sino la capitulación. Sin embargo, no todos los dardos contra el proceso de paz vienen de los sectores uribistas: algunos pensadores de izquierda consideran que no se está resolviendo nada en las negociaciones de paz , mientras que otros denuncian que el ambiente político dentro de este proceso no es nada favorable, debido a las denuncias que existen por continuos lazos del Estado con el paramilitarismo -y creo que es una de esas cosas que debería confirmarse con datos y no simplemente decir por decir-, a más de las críticas por limitaciones de las políticas del gobierno con respecto a la reparación de las víctimas y la restitución de las tierras, a pesar de los avances en cuanto a la reconstrucción de la memoria histórica sobre el conflicto armado.

Además, seamos honestos, los medios de comunicación masivos poco o nada ayudan con la creación de un ambiente favorable hacia la paz. Y no lo digo por la manera como tratan las noticias acerca del proceso mismo, sino porque por otro lado se enfocan en mostrar noticias que terminan generando miedo entre la población. No hay día en que no muestren cómo en las ciudades principales pululan ladrones de todos los tipos, cada vez más violentos, que parecen indemnes ante la acción de las autoridades y de la justicia; tampoco hay día en el que no muestren casos de intolerancia entre ciudadanos y de violencia intrafamiliar, sin saberse si se trata de una denuncia para que la sociedad los rechace, o de simple morbo porque eso es en últimas lo que vende y lo que a las personas le gusta ver.

Así que, en últimas, es como si en nuestra sociedad aún no estuviéramos listos para una convivencia pacífica, a pesar de los esfuerzos que se han hecho para crear espacios que la favorezcan, con especial énfasis en la educación, y la creación la “cultura y valores para la paz” y a todo este asunto del posconflicto, al que ya me había referido.

Eso me lleva mi segundo conjunto de opiniones, esta vez como historiador. Resulta paradójico que mientras hablamos de crear cultura de paz, lo que hemos historiado es la violencia en Colombia. Conocemos con cada vez mayor detalle el conjunto de fenómenos de violencia vividos en Colombia, desde las guerras civiles hasta los episodios de violencia del siglo XX hasta hoy. Si hacemos la comparación con lo que se ha escrito acerca de la paz, más que a la paz en sí misma, de lo que se ha escrito es sobre los procesos de paz en Colombia, especialmente los que van desde el Tratado del Wisconsin de 1902 hasta el proceso de paz en curso. Pero ¿hemos sido capaces de identificar momentos de paz en Colombia?

No conozco ningún otro texto que haya buscado historiar la paz en Colombia desde que Rafael Núñez escribió acerca de la “paz científica”, a finales del siglo XIX. De hecho, creo que ni siquiera se ha propuesto hacer una cronología sobre momentos de paz en Colombia. ¿Podríamos pensar en algún momento de paz, ya sea política y social?

Temo que así como no hay claridad con respecto a cómo entendemos el significado del término “paz”, es difícil que pretendamos crear una cultura de paz si ni siquiera intentamos establecer en qué momentos Colombia ha tenido momentos de estabilidad y paz. Es como si quisiéramos hablar de algo de lo que no sabemos porque jamás lo hemos vivido. Pero ¿hasta qué punto es eso cierto?

Estoy pensando en un par de ejemplos que me han llamado mucho la atención: el primero es el periodo después de la Guerra de los Supremos (1839-1842); entre 1843 y 1854 -no cuento la breve guerra de 1851 en el Cauca- el país vivió un periodo de estabilidad y de progreso para la joven república; por otro lado está la “Paz del Wisconsin” de 1902. Algo de especial debió haber tenido ese acuerdo de paz en particular para que se creara una imagen de “fundación de la paz” para que ameritara la colocación de una placa conmemorativa en las paredes externas del Capitolio Nacional, por más que hubiera masacre de las Bananeras en 1928 y violencia política a inicios de los años 30. ¿Nosotros los historiadores estaremos preparados para poder historiar momentos de paz o de convivencia, en los periodos de historia de nuestro país? La verdad, lo dudo mucho… si se tiene en cuenta que el origen de la historia es la guerra, dudo mucho que podamos cambiar de idea y poder ser capaces de historiar algo que no sea la naturaleza conflictiva del ser humano, aunque creo que el reto es interesante y es necesario afrontarlo para saber hasta dónde seremos capaces de llegar.

El tratado de Wisconsin

Placa del Wisconsin

(He ahí los recuerdos del Tratado de Wisconsin… ¿en serio no hubo colombianos en ese entonces que creyeron que en verdad vivían en paz, o es solamente pura propaganda oficial de entonces?)

En fin, sin ánimo de extenderme, creo que si quisiéramos historiar la paz en Colombia tendríamos que enfocarnos en los siguientes grupos de problemas:
– Hacer una historia conceptual de cómo se ha entendido lo que es la paz en Colombia, ya sea como ideal o como una realidad, tanto en los idearios políticos como colectivos.
– El establecimiento de cronologías de periodos en los cuales haya habido paz o al menos la suficiente estabilidad política, teniendo en cuenta lo que se entendía en tales momentos por paz.
– La necesaria creación de una “geografía de la paz”, que identifique los lugares donde no ocurrieron sucesos violentos, e indagar las razones por las cuales no sucedieron. Por ejemplo, se sabe que durante “La Violencia”, Nariño y la Costa Atlántica no fueron regiones afectadas… sin embargo, no conozco ningún estudio que haya averiguado el porqué de dicha realidad.
– La identificación de sectores sociales y políticos que han creado condiciones de convivencia y de paz. Y no me refiero solamente a los de arriba o a los de abajo, con pretensiones excluyentes. Se trata de procesos que pudieron ser paralelos en algunos casos, o complementarios en otros.
– La identificación de personajes en la historia de Colombia que por sus acciones siempre actuaron de forma conciliadora. La forma en que se ha querido escribir la historia de la paz ha tenido como protagonistas a aquellos como Rafael Uribe Uribe y Carlos Pizarro Leongómez, que luego de haber predicado la guerra predicaron la paz. Está bien que se hagan ese tipo de reconocimientos -y espero que ahí también cuenten a Laureano Gómez-. Sin embargo, ¿qué hay de personajes como Carlos E. Restrepo o Enrique Olaya Herrera, que siempre buscaron la reconciliación y jamás tomaron las armas, o como Domingo Caicedo, que siempre fue buscado como un conciliador en algunos de los momentos más tensos de inicios del siglo XIX? A ellos no se les recuerda tanto… es como si para la historia de la paz en Colombia fueran más valiosos los “mártires” o los “arrepentidos”.
– Y está el problema de qué es más importante para la realización de la historia de la paz en Colombia… ¿qué papel jugará la memoria histórica que ahora está tan de moda y que busca documentar todo lo que ha sido el conflicto? ¿Es suficiente con pensar que su labor será dejar registro de todo lo sucedido para que no vuelva a ocurrir, como una especie de lección para todos con base en un relato de horror, con el objetivo de aterrorizar en vez de concienciar?

Precisamente esta última pregunta que me hago como historiador, me lleva a pensar en mi labor como docente.

Hace unas semanas conversaba con un compañero que planteaba el problema de manera muy sencilla. ¿Qué tan pertinente es para los docentes enseñarles a las nuevas generaciones lo que han sido los fenómenos de violencia en Colombia? ¿Se le puede hablar de esto a niños menores de diez años que apenas están empezando a vivir? ¿O es mejor que sepan de esto cuando son más grandes y pueden comprender mejor lo sucedido? ¿Y qué clase de información debemos darles? ¿Cómo compaginamos eso con enseñarles a vivir en paz?

Parecen preguntas ingenuas, pero en el fondo no lo son… además, parece que en este tema he dicho menos cosas en comparación a lo que he tratado hace un rato. Pero con el hecho de preguntarnos cómo se debe enseñar sobre la violencia y la paz en Colombia y sobre la manera como se ha hecho esa labor hasta ahora es más que suficiente.

No puedo decir más… y la verdad, no sé qué más decir… pero en estos días voy a ver cómo en mis últimas clases del año trato de enfocar mejor este problema…

De nuevo, como siempre, ahí les dejo la inquietud.

Nota editorial: este artículo empecé a escribirlo el pasado nueve de abril, en homenaje a Don Antonio Nariño, nacido un día como ese, pero de 1765, y el Doctor Jorge Eliécer Gaitán, asesinado un día como ese, pero de 1948.

Santafé, 16 de abril de 2015

El pasado 9 de abril, antes de iniciar mi jornada cotidiana, y lamentando no poderme quedar por más tiempo para la marcha “por la memoria y por las víctimas”, “por la paz” y reconciliación”, pude observar a los que se estaban preparando para participar en ella. A las 8 de la mañana, al frente del Cementerio Central, me encontré con un sólido bloque de manifestantes convocados y movilizados por la Marcha Patriótica, el movimiento liderado por Piedad Córdoba, todos debidamente vestidos con su camiseta alusiva, y con centenares de banderas. Algunos también llevaban pendones en los que seguían insistiendo en la realización de una asamblea constituyente, como la única forma para conseguir trabajos dignos, una salud digna y un sistema educativo público y de calidad; menos numerosas, pero también se podían observar algunas banderas y pendones de las Juventudes Comunistas y del mismo Partido Comunista Colombiano, y me enteré del lanzamiento de un movimiento llamado “Juventud Rebelde”, que tenía como logo un corazón rosado con un puño en alto -algo cursi para venir de la izquierda, en mi opinión-.

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Ojalá alguien me explicara el significado del sticker… es que me pareció demasiado cursi para provenir de la izquierda…

En ese momento, mientras algunos de los marchantes estaban sentados comiendo algo y otros conversaban animadamente, un orador sobre una tarima estaba invitando a todo el mundo a marchar por la paz, por la vida, por el cese bilateral del fuego… y entre frase y frase hizo veladas alusiones contra la figura del procurador y contra la congresista Paloma Valencia, por los recientes sucesos en el departamento del Cauca.

Intenté conseguir algo de información de esas personas. Si tenían documentos, panfletos; pero creo que les debí parecer algo sospechoso -un tipo que entra y les pregunta de plano si están repartiendo material les debió sonar a infiltrado de la policía o algo así, como se supo días después-; sin embargo, alcancé a ver algunas de sus consignas y de sus pancartas, y me dí cuenta del impresionante poder de movilización de la Marcha Patriótica en la otra Colombia, la rural, la olvidada o simplemente desconocida por ignorancia, producto de vivir en las grandes ciudades y, especialmente, en Bogotá. Y creo que cuando uno se encuentra con esa otra Colombia uno se cohíbe. ¿Cómo hablarles? ¿Cómo escucharlos? ¿Qué tan capaz es uno, aquí en la ciudad, de comprenderlos?

Sin embargo,tuve algo de suerte y pude conversar brevemente con algunas personas. Me contaron que venían del Meta, de Arauca, del Guaviare, y que venían muchos más. En ese momento me señalaron un bus que se detenía frente al Cementerio. Vi indígenas y campesinos, pancartas de un montón de organizaciones formadas por desplazados, mujeres… y lamenté que no tuvieran, o no quisieran compartir su información.

Unos versos sobre el 9 de abril.

Unos versos sobre el 9 de abril.

Luego me fui a mi trabajo y en la Montaña del Exterminio, un pequeño grupo de estudiantes se apresuraban para ir a marchar. Ellos me regalaron uno de los afiches que iban a exponer en la marcha… algo demasiado de izquierda, para venir de una universidad privada. Esta vez no hubo viejos gaitanistas al frente del lugar donde cayó el caudillo; quién sabe cómo le fue esta vez a los que vendían DVDs piratas con documentales del Bogotazo, así como al señor cuyo libro sobre la muerte de Gaitán no aparece en ninguna librería, pero que se ve interesante. Solamente al final de la jornada fue que encontré un afiche sobre Gaitán.

El único afiche que pude recoger sobre Gaitán en el lugar donde cayó el caudillo.

El único afiche que pude recoger sobre Gaitán en el lugar donde cayó el caudillo.

Este es el afiche que me dieron en el Externado. Para que vean que en las universidades privadas también la izquierda llama la atención de algunos estudiantes.

Este es el afiche que me dieron en el Externado. Para que vean que en las universidades privadas también la izquierda llama la atención de algunos estudiantes.

* * *

1 de julio de 2015

Al pensar en los objetivos de esa marcha, que se está realizando desde el año 2012, y en general, del ambiente en que se está moviendo la República con todo lo del proceso de paz con las FARC, no puedo dejar de sentir algo de hastío y fastidio. Pero no son por rechazar el ideal de la paz para un país que ha visto múltiples manifestaciones de violencia a lo largo de su historia, y especialmente, en los últimos sesenta años. Lo que me molesta es el ruido producto de toda la multitud de discursos en torno al proceso de diálogos en La Habana y a lo que podría suceder después.

Si se acepta el concepto de “ideología” propuesto por Hannah Arendt en su obra “Los orígenes del Totalitarismo”, según la cual una idea se vuelve una ideología cuando sigue su propia y excluyente lógica, de modo que cualquier crítica o intento de verificación con la realidad se vuelve imposible, entonces puedo decir que en Colombia la idea de la “paz” se está transformando en un “pacifismo”, que en vez de cohesionar a los colombianos, los está dividiendo entre “amigos y enemigos de la paz”.

Ahora bien, ¿de qué “paz” se ha estado hablando? No sé si sea consolador darse cuenta que, al parecer, el concepto “paz” no es un término tan débil como lo llegó a afirmar alguna vez Norberto Bobbio. De hecho, tantas connotaciones acerca de la paz, separada esta del concepto “guerra”, pueden dar a entender que se le está llenando de mucho sentido.

Sin embargo, tengo la vaga sensación de que todos los significados, en vez de buscar un consenso, están creando discusiones sin sentido en las cuales, más que buscar acuerdos, parece que se la pasaran peleando para imponer su único punto de vista, basado en una idea de paz que en vez de incluir, excluye otras opiniones, sugerencias y llamados de atención acerca de lo viables o inviables que pueden ser los llamados “actos de paz”, tales como el desminado o un cese al fuego bilateral, o el reconocimiento acerca de las víctimas.

En otras palabras, lo normal es que todos tengamos una idea de la paz que puede no ser acorde con la de los demás; y eso no solamente con respecto al concepto “paz”, sino en relación con cualquiera otra idea. Pero que la discusión en torno a la paz termine llevando a una situación en donde el que más grite y descalifique pretenda tener la razón, resulta ser lamentable. ¿Acaso no debería ser que en una discusión de ese tipo, la persona con los mejores argumentos sea la que tenga la razón, y que incluso la persona que no esté de acuerdo con ella, no tenga que armar una tragedia por ello?

Lamentablemente, al parecer en Colombia eso no está pasando…

¿De cuántas maneras se ha tratado de entender la paz?

1
-La más simple es aquella según la cual la paz es producto del triunfo militar de las Fuerzas Armadas sobre la subversión. Quizá por eso es la que tiene más partidarios, si uno cree en las encuestas y en las redes sociales. Al ser la más simple, es también la más maniquea, al identificar a los “buenos”, en este caso a los militares -no al Gobierno, lo que llama muchísimo la atención-, de los “malos”, los guerrilleros. Y de ahí a las demás connotaciones de unos con respecto a otros.

1′
-Esta visión maniquea y simplista también se ve en los sectores más radicales de la izquierda, que creen que la revolución violenta es la única vía de transformación social. Su discurso se ha construido con base en un argumento según el cual el actual sistema político, económico y social no brinda ninguna oportunidad de reforma o transformación que redunde en beneficio de todos. La desigualdad económica y los privilegios que algunos pretenden tener, desconociendo el principio básico que aparece en la constitución acerca de la igualdad de todos ante la ley, resultan ser la justificación perfecta para la acción violenta, tal y como dice el famoso graffiti: “si el hambre es ley, la rebelión es justicia”.

Si el hambre es ley

En ambos casos, llama la atención la legitimación de una forma de violencia para contrarrestar a otra, lo que va de la mano de la clara identificación de un “enemigo”. Por supuesto, ya depende de la manera como queremos ver a ese enemigo, si lo consideramos a alguien con el cual se puede negociar y coexistir, o si es alguien a quien se criminaliza, de modo que su única opción es desaparecer -hay que recordar la clásica teoría de Carl Schmitt-.

2
-Por otro lado están los que al parecer consideran que la “paz” no es suficiente, sino va acompañada de otra fórmula que le dé una mayor coherencia o claridad a lo que se aspira a lograr. Así, por ejemplo, uno lee expresiones como “paz y reconciliación” o “paz con justicia social”. ¿Significa eso entonces que la paz es el punto de partida para lograr la reconciliación, o para que exista la justicia social? ¿O quiere decir, más bien, que la existencia de la paz no asegura inmediatamente la reconciliación o la justicia social?

Si se trata de la primera idea, entonces hay que suponer que la paz es un tipo de acuerdo que sirve de fundamento para la consecución de otras cosas, como la reconciliación, entendida como un proceso en el cual las partes que antes estaban en conflicto asumen un nuevo rol que les permitirá coexistir juntos. Y lo mismo sería con respecto a la “justicia social”, ya que entonces, teniendo a la paz como marco, una serie de medidas económicas y sociales podrían implementarse para darle pie a la denominada “justicia social”, que tiene poco que ver con un ordenamiento jurídico y más con la estructura económica y social.

También en este conjunto de acepciones, donde la paz necesita de un “complemento”, si se pudiera llamar así, está aquella expresión que muchos de los escépticos de la paz pronuncian cuando se trata el espinoso problema de cómo proceder judicialmente con los responsables de actos violentos. “Paz sin impunidad”, se dice, en el temor de que la paz sea, más que un marco, un manto que cubra a aquellos que le causaron daño a sectores de la población. Y dentro de esta idea de impunidad, también hay un problema con respecto a la asignación de responsabilidades y al rasero con que estas se van a medir: ¿quiénes son más responsables, los guerrilleros por levantarse contra el Estado, o los funcionarios de este? Si el Estado resulta ser el responsable, ¿quiénes tienen mayor cuota de responsabilidad, los políticos corruptos, ávidos de poder y enemigos de cualquier intento de reforma o de cualquier voz crítica, o los militares y policías que luego de ser adoctrinados van y ejercen sus funciones en guarda del orden público?

Es más, el juicio de las responsabilidades no termina ahí: si uno no quisiera ser demasiado severo con el Estado, ni demasiado indulgente con la subversión, termina concluyendo que al final la culpa la tenemos todos los colombianos, ya sea por acción, u omisión. Pero resulta ingenuo tomar a la “sociedad” como algo homogéneo. Habría que preguntarse, ¿en verdad uno se siente responsable por la aparición de la subversión, de fenómenos como el desplazamiento forzado o de la violencia del Estado? La mayoría diremos que no, que eso es asunto de otros, porque a duras penas uno lo que hace es tratar de trabajar, estudiar, salir adelante y cuidar a las personas que a uno le interesan y/o preocupan, de modo que todas esas cosas nos resultan muy lejanas. Pero quizá sea eso lo más problemático a la hora de asumir las responsabilidades… y ese tema en verdad, pareciera que se está tomando muy a la ligera, y que simplemente es cuestión de echarle la culpa a otros que nos quieren dominar e idiotizar -lo que de paso, nos lleva a pensar en el papel de los medios de comunicación-.

¿Entonces en verdad todos somos responsables? ¿Podemos aceptar, como dicen algunos columnistas, que somos un país de asesinos, de indolentes, de intolerantes, de estúpidos, o de lo que sea, menos de ser capaces de vivir en paz? ¿O es que sí pueden establecerse diferencias entre sectores sociales de indolentes, de comprometidos y de personas que solamente quieren vivir tranquilas sus vidas?

Todos esos juicios nos alejan de la idea de lo que sería la paz. Así que para retomar, hay que decir que según lo expuesto en este apartado, la paz se presenta como una condición necesaria, pero no suficiente, para el desarrollo de otro fin superior, más importante -la reconciliación, la justicia social-. Eso implicaría, más que nada, que la “paz” es como una especie de acuerdo -lamentablemente, no se especifica de qué tipo y entre quiénes-, del cual tiene que surgir algo mejor. Entonces, mientras que la paz se ve como algo de corto o, a lo sumo, de mediano plazo, el complemento (la reconciliación o la justicia social) sería el objetivo a largo plazo, confiando en que no se vuelva a presentar una situación que lo llegue a alterar o que, si lo altera, no sea tan grave como para desencadenar un nuevo ciclo de violencia.

Me faltaba mencionar dentro de estas expresiones acerca de la paz con complemento, aquella que la exministra de cultura Paula Moreno ha mencionado en algunas de sus columnas de opinión dominicales en El Tiempo, acerca de la “paz territorial”. Me parece que ella tiene razón al observar que en un país como este, donde las regiones están tan diferenciadas, no puede simplemente dependerse de lo que se diga desde un lugar como Bogotá, que mal que bien es una burbuja en comparación a las realidades de otras ciudades capitales, y más aún de los municipios y veredas del país, donde las formas de ejercicio del poder, la presencia del Estado y de otros actores, así como las posibilidades de desarrollo económico y de ascenso social son diferentes. Entonces, la idea de la “paz territorial” es un llamado de atención frente al pretendido centralismo que, según se critica, está dominando el actual proceso de negociación.

3
-Sucede lo contrario cuando se considera que la paz es un bien supremo, al que se le otorgan sentidos que tienen que ver con la reconciliación, con la justicia, con la tolerancia… entonces es como si se asumiera que la “paz” es la panacea para todos los problemas habidos y por haber, y por eso hay que instaurarla, enseñarla, cultivarla… Así es como ahora hay “cátedra de la paz”, que pretende enseñarnos cómo resolver nuestros problemas sin tener que recurrir a la violencia -aunque dudo que deje mucho espacio para la solución por medios legales o institucionales-. Hay “arte para la paz”, que puede incluir desde perspectivas muy originales hasta la reproducción de discursos “políticamente correctos”, según la orientación ideológica del artista. Hay también una “cultura de paz”, que en otras palabras, es la difusión de un conjunto de valores que deben favorecer la convivencia entre todos, y que ha tenido como principal escenario a las instituciones educativas de primaria y secundaria, así como a algunas instituciones gubernamentales y no gubernamentales.

Para alimentar a esta “paz” como bien último, es cuando surgen unas exigencias, dentro de las cuales están “la verdad, la justicia, la reparación y la garantía de no repetición”. Es decir, que los actores del conflicto -cuando se hayan identificado a los responsables, sin contar que estos deben asumir su responsabilidad, lo que puede ser dudoso- deben decir la verdad de todo lo que hicieron; tienen que, además, ser sancionados de alguna manera, para que quede la sensación de que sus acciones no quedaron impunes; luego están en la obligación de reparar a las víctimas que hayan dejado sus acciones, de manera material o simbólica; y por último, el Estado y la sociedad deben asegurarse de que situaciones como esas no se vuelvan a repetir, lo que implicaría reformas institucionales, crear condiciones económicas y sociales que reduzcan las desigualdades. Eso implicaría una gran cantidad de recursos, pero también una fuerte voluntad política, a más de la búsqueda de un acuerdo… ¿de qué tipo de acuerdo estamos hablando? ¿Todo se resolvería con un acuerdo de paz, o será necesario algo más, como una asamblea constituyente? Algunos de los debates al respecto han resultado ser interesantes… pero otros son más de lo mismo, esperando que sean los demás quienes cedan…

4
-Y por último, ya para cerrar este extenso artículo -admito que no se me da fácil escribir corto-, está el hecho de que si la paz es el objetivo supremo y que requerirá de cierto tiempo, entonces, ¿qué es lo que está en juego ahora?

La palabra que está más en boca de todo el mundo ahora es “posconflicto”, mientras que otros hablan de “posacuerdo”, “cese al fuego bilateral”. En fin, la idea en común es que se trata de una etapa previa a la consolidación de la paz como bien supremo, sea lo que esta signifique. Es decir, que luego de llegarse a un acuerdo, que será el dichoso punto de partida, no el de llegada, se empezará a transitar por una etapa crítica en la cual deben implementarse los acuerdos de forma institucional y social, al mismo tiempo que la sociedad debe “pacificarse”, en el sentido de asimilar valores asociados a la paz, tales como la tolerancia, el diálogo y la democracia. Así mismo, debe estar la voluntad política de las partes a respetar lo acordado, y no tenerlo como manto que oculte una “tregua” para el inicio de nuevas hostilidades.

Sin embargo, si la sociedad no se pacifica, el riesgo de que vuelva a estallar la violencia, con otras motivaciones, otros actores y otras modalidades, es alto, lo mismo que el precio que se tendría que pagar. ¿Eso no es lo que sucedió con el proceso de paz en el cual los paramilitares de desmovilizaron en los tiempos de Álvaro Uribe Vélez? ¿Acaso de ahí no surgieron las ahora llamadas Bacrim?

* * *

Por lo anterior es que afirmo que solamente me queda clara una cosa: que no se ha llegado a un acuerdo acerca de qué es lo que se entiende por paz, y al parecer no se quiere llegar a él. Parece que es más fácil que todos se mantengan agrupados según sus afinidades, levantando murallas en vez de tender puentes.
Por ahora no puedo decir más… ni siquiera yo mismo he podido llegar a construir una definición de “paz” que me pueda resultar satisfactoria… espero que dentro de poco, y por motivaciones intelectuales propias y no porque sea el tema en boga de todo el mundo en este país, pueda tener una idea clara de lo que yo entiendo por paz, para así saber a qué atenerme, con respecto a los sucesos que están ocurriendo en este momento.

Santafé, 21 de junio de 2015

Queridos amigos*

Cuando estaba arreglando unos papeles encontré cosas que me llevaron a recordar muchas cosas del pasado… de los tiempos de la universidad, de los tiempos del bachillerato, del barrio, de la primaria… y como decía cierto amigo mío, “el Legionario”,

“No es necesario ser viejo para saber que sólo se vive de recuerdos…”

Esa tarde no dejé de comentarle algunos de mis recuerdos a mi esposita, quien también me contó algunos suyos, en una agradable charla, como las que tenemos a menudo. Y claro, cuando se trata de los amigos, siempre son más los buenos que los malos recuerdos. Sin embargo, estos están también presentes, de modo que en estos días en ocasiones se me dibuja una sonrisa triste… así es como la nostalgia del alma se manifiesta en el semblante de las personas.

Cuando uno empieza a recordar, también se empieza a preguntar qué ha sido de esas personas. ¿Estarán bien? ¿Serán felices? ¿Alcanzaron sus sueños? Es entonces cuando uno se da cuenta que muchas de esas personas ya no están, y es cuando la tristeza también aparece.

Y esa tristeza aparece porque muchas amistades simplemente ya no están…

A algunas, la vida se las lleva a otros lugares -que pueden ser lejanos, así sean en la misma ciudad-, a hacer otras cosas, y el tiempo y la distancia entran a jugar: uno puede tener un momento disponible, pero el otro no, o al revés… queda el recuerdo, es verdad, pero parece que es cada vez más remota la forma de hacer que esa amistad vuelva a florecer con un cordial abrazo, un cariñoso beso o un fuerte apretón de manos.

A otras, no es la vida, sino la muerte, la que de manera inopinada entra y se lleva a alguien querido, dejando una profunda huella de dolor que jamás se puede borrar.

Están aquellas con las cuales uno tuvo una pelea, o un simple malentendido que no se supo resolver… pudo haber sido por algo grave o no, pero el resentimiento entra a jugar, y muchas veces una pequeña herida puede causar un dolor muy grande y difícil de olvidar. Es cuando uno se aleja, o esa persona lo hace… y el espacio que queda entre los dos jamás se llena. Y entre más tiempo pasa, parece que es más difícil plantear un acercamiento y una reconciliación.

También hay personas a las que uno conoce, y aunque no las considera sus amigos, sí llegan a ser admiradas y apreciadas por sus capacidades y, especialmente, por sus cualidades. El respeto es lo que predomina y guía las relaciones con esas personas, y durante el tiempo que uno las trata, que puede ser breve o no, queda el deseo de compartir más con esa persona y aprender de ella, siguiendo su ejemplo o recordando sus enseñanzas.

Finalmente, están esas amistades que a pesar de todo siguen estando ahí presentes, dando un sabio consejo, un amable llamado de atención, o un madrazo con buena intención -eso depende del carácter de cada persona-. Son a las que uno les escucha los mismos problemas, o los nuevos problemas, y ellas también hacen lo mismo por uno. Son las que así sea en un furtivo encuentro por la calle, son capaces de sacar una sonrisa y alegrar el corazón. Son aquellas con quienes uno comparte un café, un almuerzo, una borrachera, o una caja de chicles, y siempre se hará con la mejor intención. También aquí se encuentran quienes a pesar de estar lejos, siempre envían noticias y a las que uno también busca decirle algo cariñoso para darles ánimo y buena energía, y para recordarles que si no pasa nada raro, uno las estará esperando.

A todas esas personas que han pasado por mi vida en todos estos años quiero decirles unas cuantas cosas:

En primer lugar, quiero pedirles disculpas por la ingratitud, porque a pesar del silencio y la distancia, siempre habrá un momento en que los recuerde a todos ustedes con mucho cariño.

En segundo, gracias a todos por los momentos compartidos y las palabras dichas. Son esos recuerdos los que uno lleva en el alma, porque al final de cuentas, son más importantes los afectos que los saberes.

En tercero, con respecto a aquellas personas con quienes ha habido peleas o malos entendidos, quiero que sepan que lo lamento mucho. Yo quedo en paz con ustedes, y si el error estuvo de mi parte, espero que puedan en algún momento perdonarme. Si bien lo ideal sería que volviéramos a vernos, si eso no es posible lo aceptaré, aunque con mucha tristeza.

No se sorprendan si digo estas palabras. Solamente que me ha nacido decírselas a ustedes.

*Nota aclaratoria: en estos tiempos de “inclusiones” y de “discursos políticamente correctos”, algunos escriben “amigos y amigas”, “amigas y amigos” -porque primero van las damas-, así como “amig@s” o “amigxs”. Sin embargo, los que me conocen saben que yo no necesito hacer eso para saber que me refiero tanto a los hombres como a las mujeres que me han concedido el don de su amistad. Además, y mi esposita me lo ha explicado con toda claridad, ya que es lingüista y correctora de estilo, el hablar de “amigos” para referirse a los amigos y a las amigas no implica discriminación alguna en favor de los hombres sobre las mujeres.

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